viernes 13 de noviembre de 2009

No. 21

Despierto a la hora que me dicta la ansiedad por un poco de nicotina efervescente, calientita y humeante. Ideal para despegar las alas del cemento o nublarme un poco más la visión legañosa de los días apilados. Entonces recuerdo que son solo un montón de retazos de tiempo amontonado en un rincón, el bagazo de una vida desvivida, con lluvia tibia de estrellas bajo las cuatro paredes revestidas de ausencia. Desayunar carece de sentido, un café quizás sea suficiente para entablar una conversación conmigo mismo y poder reprocharme los desordenes del sueño, alimenticios y sexuales. En fin, ponerme un poco más sentimental de la cuenta, aun siendo un no-martes, aun sin escuchar Sigus Ros; casi siempre termino enfadado por vivir en esta famélica ciudad, donde cada paso que doy me conduce al mismo lugar, me lleva y me trae con una inercia visceral pseudo-asesina, autodestructiva; rozando el borde de la locura pero aparentando solapadamente, de ser algo que no soy. O en el peor de los casos, sentir algo que no siento. Y sucede que en realidad sigo amando un reflejo que tengo pegado en las pupilas como estampilla postal hacia el olvido. Un cigarrillo más y todo vuelve a la pasividad normal, o su equivalente de silencios. El diminuto reloj de mi nuevo artefacto multifacético, con pantalla táctil, reconocimiento de voz y navaja suiza incorporados, pero que aun así, no sirve para realizar llamadas; me advierte que ya casi es hora de salir y fumar otra vez. Caigo en la cuenta del daño que me causo pero haciendo caso omiso, salgo a buscarla una vez más. Me recuesto en la pared y abro los ojos en todas direcciones buscando un match con la silueta biométrica que almaceno en mi memoria. Respiro profundo y me deleito reconstruyendo su voz con algoritmos de última generación. Se me hace un poco complicado recordar exactamente a que saben sus besos, tengo los labios desgarrados de angustia. En mis oídos suena sin cesar la canción de la muerte, los lunes con veneno, los martes con veneno y el resto de la semana el menú se hace más variado: miércoles de tiro en la sien, sábado de ahorcamiento, atropellamiento, alcohol, cáncer, sida; cualquier estupidez para no pensar en vos. Como si no hubiera sido suficiente perder a la niña, ahora también tengo que darla por perdida. Y me refiero siempre a ella, bueno, hay momentos en los que es necesario definir exactamente a quien se extraña, para no caer en ambigüedades del idioma ni romper la cadena de la comunicación.

Debo decir que te extraño pero no puedo mencionar tu nombre, o todo se convierte en caos y lloro y grito y me muerdo la lengua para no seguirte nombrando, como ataque epiléptico, como infarto a las ideas. Maldita soledad, parece no apiadarse de nosotros los desamparados, los vencidos, los culpables. Regreso y vuelvo a trabajar, o por lo menos me siento frente al computador y reviso mis textos a la hora inadecuada, o veo fotos, o videos. Pero nada me aparta de tu idea pura y cristalina. El tiempo sigue huyendo del reloj, y dan las diez, las doce y nada ha cambiado. Ahora te extraño más. Y cada día que pasa crece aun más. Intento comer pero no puedo dejar de soñar despierto en todas las cosas que dejé de decir. O que dije de más. Refuto mis propias excusas patéticas tratando siempre de no perder la cordura. Pero debo ser honesto, existen días que no puedo. Me llevo la mano al rostro y seco mis ojos que descuidadamente han liberado una que otra lagrima perdida. Si pudieras verme – igual reirías en burla – sería mucho más amena esta espera. Empero tu risa me trae de vuelta a este hiperrealismo andrajoso y sucio, asqueroso y maloliente donde juego a pensar que pienso. Donde sustantivo los días por no caer.

El día trascurre entre mi huida y mi retorno, cíclicamente organizados, tratando de imitar a los ingleses, pero mi piel. Ah, mi piel, no entiendo que sucede con ella desde que no estás. Resulta irritante acariciarme pues soy alérgico a mí ser. He llegado a una crisis existencial severa, o una depresión profunda, cualquiera de las dos y la que menos se use. Una cerveza por favor, creo merecerla tanto como el café de la mañana. ¡Y valen lo mismo! De nuevo a la certeza de mi soledad, esperando hacer match con tu silueta, pero por simple intersección da un conjunto casi vacío. No creo que vuelva a la normalidad de los días donde vivir era tan fácil como vivir. La noche ha caído casi imperceptible, sin descuidar su apariencia terrorífica y helada. Las nubes se han hecho negras también, tanto casi como vos. El viento sopla un poco más fuerte de lo habitual, es obvio, estamos otra vez llegando a diciembre. Y con él, vienen las compras compulsivas y mi carencia absoluta por tu amor.

Cielo, cuando leas estas líneas, me gustaría que entendieras que en la oficina de personas extraviadas tienen tu retrato. Fue una medida desesperada y absurda, lo acepto, pero ya no sabía qué más podía hacer. Me muero por vos.

No. 20 (Fragmento)

Intento repararme los días con los pies. Las aceras siguen embarradas de indiferencia. Las moscas zumban en mis ojos. Me encamino hacia las sombras de momentos inoportunos. Vivo con la vida hecha un infierno, sofisticando los anexos, respondiendo preguntas al azar; reír a la deriva, reaccionar a la zozobra enraizada entre los huesos, desenmarañar las ideas suicidas y ordenarlas, reorganizarlas. Traer de vuelta la tristeza ardiente y solitaria, reutilizar las maldiciones implantadas en el pecho, escondidas bajo el plexo carnoso envenenado de caricias, llorar bajo una lluvia de ilusiones sofocantes. Hoy he vuelto a delirar su nombre entre la arena. En el beso afilado de las aves y su silueta sobre la espuma amarga. Hoy he vuelto a sospechar mi ausencia. Intento no pensar en el verde contrastando con el hielo anaranjado de sus ojos. Estúpido. Sería más excitante fornicar con los gusanos y las mariposas, embarazar la tierra, escupir la carne de mi carne para verla florecer en misantropías cotidianas.

En cambio, tengo que manchar mis manos con su sangre, rasgarle la piel usando bisturíes de verso y de poema, melodías tristes para devorar el tiempo en bocanadas, engullir la miseria de las manos y soñar la libertad, acariciarla, besar la noche fría, la madrugada negra. Proscribir los labios, asfixiar la lengua, exprimirla hasta que caiga de rodillas, muda de mentiras. Ausente, desasociada de todos los recuerdos.

¿Lengua: cuándo se pudrió mi alma? ¿Dónde se quedó tirada? ¿Perdida entre las setas venenosas del camino? ¿Maniatada a un sueño, tendida en la cama? ¿Está en los labios de un beso? ¿Es reutilizable? ¿Tiene cura?

Vamos, llévame al pantano, arrodíllame y dispara. Quizá los versos no han servido nunca, más que para disfrazar el miedo de mis piernas; vomitar letras sin sentido. ¿Cómo se escribe la voz de una pequeña niña? ¿En minúscula cursiva? ¡Vamos! Llévame al pantano, toma mi mano y zarpemos juntos al ocaso, en tu balsa de colores andrajosos, en tu aeronave de papel mojado. Surquemos juntos el olvido ahora que las aves hablan un idioma que no entiendo, ahora que desaprendí sus trinos; su sinfonía me desgarraba el alma, o lo que me quedaba de ella, hoy sus notas vuelan afiladas hacia mis entrañas envueltas en pavura. Intento repararme los días con los pies, pero no puedo.

Mis latidos se estrellan lentamente sobre las paredes blancas de mi soledad; destilan vahos cristalinos, surcos injuriosos en la piel, grietas por donde escapa la sangre hecha cenizas, balada hiriente de grillos cotejando cucarachas, canción de cuna en el burdel del capitán. Las palabras se acumulan una sobre otra, una y otra vez. Caer se ha vuelto una tarea diaria, desde que alguien me arrancó el cielo de los ojos, calcinó mis entrañas, abrió agujeros en mi lengua para que no pueda decir su nombre.

Millones de luciérnagas jugando a las escondidas, mi piel cosecha los cuchillos que sembramos en antaño. Prefiero ocultarme entre la bruma de las madrugadas inertes. El cenicero, en huelga, se empeña en no dejarme descansar. Uno a uno va devorando los lamentos, las congojas, los lamentos. Soñar con funerales y testigos mudos de las sombras. Con todos aquellos instantes perdidos en el mar, arrastrados por las olas a los pies de la agonía. Un enorme y devastador silencio viene hacia mis ojos. Sobrevuela la arena, acaricia la luna con su ráfaga de lengua, cual tormento tempestuoso, cae de mi boca hacia su boca. Trae el vestido naranja que le regalé. Alucinación disforme de todos mis sentidos, enredados unos con otros, juegan a beber la esencia de licores añejados en la carne muerta de la niña que cuelga en la ventana. La misma acera que cuelga hasta llegar a la ventana. ¿Cuándo fue que moriste entre mis brazos? Tenías ya cinco años cuando me entregaron los cadáveres ensangrentados de tus pequeñas zapatillas de ballet. Tu silueta no se borra de mi espalda. Ni tú beso de mi beso. Los días se han quedado en pausa, mientras todo gira a tu alrededor. El universo se acaba y se detiene, se destruye.

Me arranco los labios a mordidas. Tengo una escarcha de miedo en la cara y un momento indescriptible de amapolas en la sien. Morir tiene sus ventajas, pero aun no las comprendo.

miércoles 11 de noviembre de 2009

No. 19

La inequidad de las palabras
y la exactitud del dolor
¡Salud! a los traficantes de ideas
tan solo quiero ver el jardín,
desde lo alto,
ver los versos al amanecer,
limpiar el rocio que cubre las letras
y soñar.

Todo el mundo sabe
que hay jardines de los que no se vuelve...

viernes 30 de octubre de 2009

No. 18

Morir era fuego y enredadera de insomnios,
pesadilla mejor aún;
árbol sembrado en la garganta,
ahí también me anidaban los silencios,
me anudaban las venas;
relamían sus zetas y sus jotas.

tantos números reproduciéndose uno sobre el otro,
otro dentro de otro
y otro desde otro más complejo,
casi infinito,
casi tus ojos de aguja zurciéndome las erres y las haches

morir era lento y placentero,
invernadero de topacios;
crianza de cangrejos;
holocausto de tomates asfixiados…

morir era morir
y nada mas…
no en tus manos, no en tu boca,
morir y nada mas…

sábado 17 de octubre de 2009

No. 17 (Fragmento)

Si la decisión de morir no fuera nuestra, tal como dejó de serlo la vida, que sigue siendo de mis manos, de mis pies y de mi boca: de mis manos obligándome a respirar la ausencia, de mis pies llevándome a un rostro inmóvil, de mi boca, impaciente por morir desangrada en versos; la muerte sería autómata e independiente. Justa en el momento justo, cuando las mariposas doblan el sonido intrínseco de un beso bajo el agua; cuando la piel se pudre bajo la piel de las palabras; cuando un adiós no es hasta luego y menos suficiente.

Entonces sería absurdo creer en estas líneas que han aprendido a despertar en plena madrugada, que brincan sin destino fijo desde la almohada, abriéndose paso en la penumbra hasta el umbral de mi desdicha donde habita mi carencia absoluta de motivos, donde guardo una luz intermitente de aguaceros de diamante y oro enmohecidos, donde tengo un respiro de papel antecediendo a la tormenta que viene llegando de puntillas y en silencio; bajando entre los campos de azucena, con los ojos puntiagudos y el vientre congelado y disponible.

La vida es un infierno de instantes olvidados, un poema sin sentido, una bala rasgando la amargura. Sigue siendo tan difícil recordar tu voz en estos días, entre callejones desolados y guitarras sordas. Hemos destruido los conceptos básicos de la nada, a través de la ilusión, la metáfora y las ganas. Me deleita la sonrisa infortunada de unos cuantos versos mal logrados, como alivio al desconsuelo implacable de entretejer ideas superpuestas, entremezcladas con orín y aliento a chocolate.

Para hoy, mi vida en esta carta a nadie. Al abandono sistemático de mis oídos enrollados en el piano o el violín. Al dolor incalculable que me inunda la sangre y me circula en llanto desde adentro; para él mi carta, para él; quien nunca dijo nada mientras explotaba sus sentidos de televisión y buen café: dolor de espinas en los labios. Para vos mi vida en esta carta, muerte forastera de calles empedradas, ahora hozo escupirte acentos y figuras retoricas en el rostro, pero te sigo extrañando; tanto como al grillo y a la playa de cenizas rojas y piernas largas.

Por hoy, mi vida en esta carta a nadie. Con remitente de cualidades intermedias y dirección constante y aburrida, con destinatario en blanco y al desnudo. No sé si usted lee las líneas o solo las imagina, tal como imagina las paredes de clavel y tinta china, tal como el papel ardiendo en llamas. ¿Imagina? No lo sé. Quizás el viento es infeccioso desde que no estás, porque respiro la nieve y el tango enajenado de la muerte. Para hoy, mi muerte inherente y anhelada. Y la astucia de la luna hecha trizas vagando por las calles. Pequeña y moribunda; por hoy prefiero no vivir con estos días apilados.

sábado 3 de octubre de 2009

No. 16

Extrañarte sabe a cruda madrugada de pan y medicinas sin receta para poder dormir, he perdido el sueño tantas veces desde que no estas; generalmente cuando me detengo a la orilla del mar y veo hacia arriba romper el oleaje en mi pupila... Silencio. Enorme y fuera de sí, a veces pierdo la nocion del tiempo cuando intento despertar; siempre o casi siempre, es demasiado tarde para cosechar arbustos de papel y besos azucarados; rompo en llanto y me detengo a fumar pensando en el aleteo demencial de mi lengua sobre una sombra triste, claro, en mi cabeza conjugando pasados inauditos.

Las estrellas van iluminando un nuevo camino, sin tos, pues lentamente desaprendo el vicio de fumar nostalgias

miércoles 23 de septiembre de 2009

Parentesis No. 1 (asociación delictiva)